martes, 12 de septiembre de 2023

Las abejas.

Cuéntese que las primeras abejas en poblar el mundo, no podían volar. Caminaban durante días enteros, mientras subían a pasos torpes los tallos de las flores, tan finos, que sus patas a veces titubeaban y caían de espaldas al suelo, volviendo a incorporarse a su tarea de vida. En ese entonces, la práctica era amiga de las abejas, y pasaban sus años desarrollando habilidades de escalinata y recolección. Su tiempo de vida oscilaba los veinte años, por lo que podían permitirse el fracaso, los ratos libres y la vejez digna. Sus colores eran más acorde a su entorno, sin ápice de su amarillo característico, y en su lugar, unas manchas marrones y verdes, que le servían para pasar desapercibidos por las criaturas más grandes y los depredadores aéreos. Carecían entonces de aguijón, procurando realizar sus actividades en silencio y sin molestar a nadie. Bien podrían pasar por cualquier insecto para los seres con un mínimo de razonamiento, pero ellas eran siempre conscientes de su única y vital labor, que era la polinización.

Un día, una abeja se asomó entre los pétalos pomposos de un clavel hacia el cielo, y vio a una avispa, de cola amarilla y aros negros y unas alas largas y finas, que le daban aires de elegancia mientras surcaba el azul y el viento. Embelesada por la preciosa criatura que le ignoraba, deseó con todas sus fuerzas poder volar como ella y tener una pizca de esa belleza colorida que se perdía ahora en la distancia.

Escuchó entonces una voz que le hablaba como nunca nadie había hecho. Si bien no ajenas a los misterios del lenguaje , era consciente de que aquella voz no pertenecía a ninguna abeja. Parecía entrar desde su cabeza, como si viviese dentro de sí, pero en lugar de alarmarse, fue víctima de una calma que le invitó a conversar con ella. La voz continuó, diciendo haber sentido el noble deseo de la abeja por volar, y tan generosa que era y considerada con el obrar tan necesario de las abejas, que concedió su deseo, brindándoles alas para facilitar su tarea y la de sus compañeros. La pequeña abeja nunca se acreditó por la mejora de vida de su especie, pero era feliz de poder hacer su trabajo de manera más eficiente. En dos meses, habían polinizado todas las flores de la zona, que antaño les tomaban por lo menos un año entero, teniendo que empezar nuevamente al apenas terminar. 

Con el tiempo libre que ahora tenían, las abejas empezaron a desarrollar panales más grandes y estructurados, ambientes de sociedad que nunca antes se habían visto entre los insectos. Y tanta su generosidad, que decidieron compartirlo con otros. La abeja que inició todo, fue la que propuso visitar primero a las avispas, quienes hasta entonces, solo veían desde las alturas, sin saber nada de ellas mas que su porte.

Así fue, que en su inocencia, se acercaron a un panal de avispas cercano, el cual era carente de estética y hospitalidad. Apenas estuvieron a rango, las avispas embistieron con su habitual violencia y territorialidad, matando a cada una de las emisarias, para luego atacar el panal, diezmando considerablemente su población. La abeja, al ver a su pueblo muriendo y víctima de su desamparo, volvió a desear con todas sus fuerzas, y la voz volvió a contestarle dentro suyo, y consciente de la preocupación del pequeño insecto, les dotó de aguijones para defenderse, uno similar al de las avispas. Las abejas prosperaron nuevamente, y en su crecimiento, surgió la profesión de guardianes, que protegiesen la colmena de los ataques enemigos. 

Las abejas ahora brillaban por encima de los otros insectos como una especie perfecta, y así también ellas lo concibieron, al punto que ofrecieron protección a otros insectos. Estos también temían a las avispas, quienes solían atacarles sin razón aparente, y pronto se vieron envueltas en una guerra de guerrillas en contra de la agresiva especie, la cual solía vivir en grupos pequeños y era fácilmente erradicable.

La voz permaneció callada durante este tiempo, sintiendo la abeja su abandono, pero pensando que había conseguido lo suficiente de ella, por lo que permanecía siempre agradecida. Las abejas ahora sustentaban el estilo de vida de los insectos del bosque, y eran vistas como seres superiores y de insuperable nobleza, sin embargo, la abeja recordó entonces el avistamiento de la primera avispa que vio en su vida, y notó que a las abejas aún les faltaba algo. Entonces, tuvo una idea, y pronto las abejas concibieron el uso del polen para pintar sus colas de amarillo con aros negros, imitando la belleza que antaño admiraba de las avispas. Invirtieron cada vez más en su belleza, que pronto empezó a faltar la miel, y con ella, su colmena empezó a caer en la falta de alimentos y en la muerte por hambruna, pero aún los insectos les miraban desde abajo, como quien mira al Sol salir cada día.

Entonces la voz volvió a escucharse, pero ya no era generosa como la primera vez, y sin embargo, sonaba tan noble, que ni siquiera las abejas podrían soñar con comparársele. Enojada y decepcionada con el comportamiento de las abejas, optó por dar equilibrio a los obsequios que antes les brindó, haciendo que su aguijón solo pudiese ser usado una vez para después morir, forzándoles a hacerlo siempre en defensa de algo mayor a ellas mismas; redujo el tamaño de sus alas para que ocupasen todas sus energías en su labor, lo cual provocó que vivieran tan poco, que apenas en unos meses acabasen con su energía vital. Esto a su vez, provocó que perdieran el concepto del ocio, la estética y la soberbia, dedicándose como antaño, únicamente a su labor. La voz, como un último acto de compasión, las dotó de aros amarillos y negros en sus colas, con el propósito de corresponder con lo que siempre habían sido, hermosas.

Metrología.

Son las cinco de la mañana, y la alarma suena como cada día, sin falta.  A veces por trabajo, y otros para disfrutar el día. Las noches son para ella misma, y nadie más. Fabiola despierta con un movimiento instintivo hacia el buró, que da por terminado el himno de su despertador desde el primer segundo. Sale de la cama y deja ver su blusa con dos grandes protuberancias que compró un día como hoy, así como una ropa interior que nunca enseñaría a nadie que no fuese el indicado. 

Fabiola es una idealista, una romántica, y es por eso que demora tres horas cada mañana maquillándose después del baño, alaciando su cabello alborotado en las mañanas, colocándose unas pestañas tan largas como la yema de sus dedos y un labial que considera su arma secreta. Un trabajo de precisión milimétrica y casi automática, que se vuelve más increíble por estar en toalla. Solo al terminar, la remueve y se coloca aquella lencería de encaje tan preciosa que suele irritarle cuando, en un acto desatado, lo tiran al pie de la cama. Fabiola es lo que los hombres consideran indudablemente, un bombón. Así ha sido siempre, incluso antes de las operaciones, del maquillaje y de su dieta, que como cada mañana, consistirá en jugo y fruta, que son las calorías contadas para el día de hoy. Su estomago se queja, como es habitual. Sale de su casa, de la casa con aroma a humedad, que renta desde que se independizó, un lugar pequeño y lejos de la oficina para que nadie sepa donde vive. Ella sabe que cuando se junte, se irá a vivir con él y al final del día, nada importará esta pequeña casa, sus humedades ni el ruido de los vecinos que cada noche pelean.

Afuera, en el lúgubre panorama exterior, ya le espera el taxi que había llamado, pero anhela impaciente por aquel hombre que la lleve y la traiga todas las mañanas en su auto, recibiéndole con el desayuno y el almuerzo, pero trata de no ser exigente con las pequeñeces. "Un auto nuevo, un departamento elegante y un hombre atractivo y por encima detallista, son cosas que cualquiera buscaría en una pareja, no hay nada malo en querer estabilidad" se dice a sí misma, mientras que por enésima vez en el mes, rechaza al taxista que le ha invitado a tomar algo. Así también con todos los hombres de la oficina y también algunas mujeres, pero, aún si no es indiferente ante ellas, sabe que aquella fantasía no podría ser concebible con una mujer. Es consciente de un sistema más antiguo que ella misma, y aún si no lo dice, obra de acuerdo a sus reglas. Fabiola calibra equipos, la mejor de la empresa, el control es su vida y se enorgullece de ello.

Fabiola sale del trabajo y vuelve a casa inmediatamente. Rara vez, decide salir a comer afuera, aún si la cocina no es su fuerte, pero es preferible a tener que soportar las insinuaciones de aquellos que la miren sola. Sale con amigas nada más, pues el tiempo le ha demostrado que la amistad entre géneros no es posible sin una doble intención. Hace años que no acepta una cita, se ha cansado de salir solo por diversión. Fabiola se quita el maquillaje y se mira al espejo. Este año cumple los treinta y sus facciones no pueden ocultarlo. Entonces, por eso de las siete de la noche y una vez vuelta a la ropa cómoda del pijama, es cuando le entra la ansiedad, y a veces llora o mira una película romántica, tratando de bajar sus estándares, pensando que si acaso Brad Pitt fuese pobre, podría enamorarse de él, o que por lo contrario, si Tom Cruise, con sus 60 años, le invitase a salir, ella asentiría sin titubear. Esta noche, decide atreverse a más, y en lugar de cambiarse para dormir, se pone un vestido negro con flores de azalea rosas y blancas y sale a un bar, sabiendo que en esa situación, ella es carnada, y está bien con eso. Ha aprendido como pescar.

Llegaron dos extranjeros que venían de parranda, un moreno larguirucho y un hombre de 40 años adinerado que era un par de centímetros más bajito que ella. Justo caía en la resignación, cuando llegó un hombre de barba cerrada, ojos verdes y cabello impecable. En su ropa, llevaba más de $1,000 dólares, y probablemente fuera el propietario del deportivo estacionado afuera.

Empieza a hacerle plática, y como si fuera principiante, se deja engatusar  por su voz profunda, sus trucos de magia y su tacto esporádico que acelera el ritmo de su corazón a 120. Termina por enamorarse. Eso era lo que buscaba y no menos. Decide aceptarle un trago, luego van a otro bar y comprueba que el deportivo era suyo, y también que es un hombre profundo, misterioso, uno en un millón. No desaprovecha la oportunidad, y hace de su última parada su casa, un departamento en el piso 19. Dos horas de pasión y los mejores orgasmos de su vida, Fabiola presiente que está soñando, mientras que transmuta en el camino de esos dedos que recorren su espalda y el costado de su abdomen, que la toman con propiedad, con cariño, con violencia premeditada y calculada al milímetro. Fabiola pierde la cuenta por primera vez en años, y se siente realizada, concibiendo que todos sus esfuerzos eran para llegar a esta noche.

Pero al minuto 121, despierta. Él saca un cigarrillo, y suelta "si te gustó lo de esta noche, puedes llamarme cuando gustes", mientras pasa su tarjeta de empresario, como si tuviese otro contacto de negocios. Ella asiente, trata de sonreír y vuelve a ponerse la ropa interior, que ha terminado nuevamente al pie de la cama.

Fabiola se asoma por el balcón, con esa lencería tan preciosa que este mismo día tirará a la basura, como muchas otras veces. Se asoma al abismo debajo suyo, y ve la misma ciudad de siempre, igual de sucia, igual de huraña, sintiéndole cada vez, más parte de ella.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

Recuerdos difusos.

 -Oye Pete, ¿recuerdas cuándo teníamos doce años?

Un sonido furtivo en el panorama inhóspito, algo similar a un eco. El calor era asolador y el camino parecía no tener un final, volviéndose cada vez más difuso ante las ilusiones que generaba el Sol. Pete tardó en concebir la pregunta lanzada al aire y que recibió directamente en su cabeza.

-¿Qué tiene en especial esa edad? Recuerdo que estábamos jodidos.

-Vamos Pete, no te centres en las cosas malas. No siempre estuvo tan mal, como cuando salíamos a lanzar huevos podridos a la escuela. 

-Y un día, la ventana estaba abierta y terminaste lanzando uno hacía tu propio pupitre.

-Ja ja ja. ¿Ya ves que si hubo momentos divertidos? -Continuaba caminando Dante, carcajeando como si el Sol no estuviese ahí. Parecía fresco, contrario a Pete y su camisa empapada y el rostro con ámpulas. Quizás porque Dante era moreno tenía mejor aguante, pensaba Pete, mientras que empezaba a envidiar esa condición hereditaria.

-También recuerdo que el último huevo del día, lo lanzaste a un french puddle recién aseado. 

-Sí... no siento culpa. Venía contra ti. -Excusándose Dante con indiferencia, como si fuese la única forma de responder.

-Supongo. Hubo un par de veces que me cubriste las espaldas.

-¿En serio?

-La vez que le rompiste la nariz a José.

-¿Te estaba protegiendo?

-¿No lo hacías?

Ambos empezaron a reír. 

-Bueno, ¿y que tal aquella vez cuando la maestra iba a llamarnos la atención por hablar en clases y dijiste que debatíamos si la capital de Inglaterra era Missouri?

-Vale, eso fue una ocurrencia momentánea. Pero yo no tenía nada que perder. Siempre fui el payaso de la clase. Tú, por otro lado, siempre fuiste el listo.

-Si hubiese sido tan listo, no estaríamos aquí.

Pete volteó a ver el cielo infinito, los rayos del Sol, a los que hacía mucho rato ignoraba, luego miró al suelo, la arena, el amarillo, el marrón, sus zapatos empanizados, y el arrastrar de sus piernas, que de detenerse, probablemente nunca volverían a andar.

-Perdón Pete, creí que llegaríamos sin problemas, pero a veces esas cosas pasan. 

-No quiero hablar de eso ahora. -La mirada de Pete se tornó desolada rápidamente. El silencio se hizo durante un par de minutos, dejando únicamente el sonido de fondo, la arena levantándose, los animales reptantes y el sonido de los zopilotes, que cada vez parecían más cercanos.

-¿Recuerdas cuando fuimos a la feria del pueblo?

Pete no contestó. 

-Éramos unos críos que no les gustaban los juegos de feria, y que tampoco podían comprar cerveza. Lo único divertido eran los puestos donde vendían juguetes para hacer bromas. Tú habías comprado la goma de mascar con sabor a cebolla y yo la maquina para dar toques.

-Lo que más recuerdo de esa noche fue que caímos en las manos de un estafador, y que nos dejó sin el dinero para volver a casa.

-No te enfoques en lo malo Pete.

-Fue divertido el camino de regreso, no me malentiendas. Eran las dos de la mañana, y el tramo que cruza el parque estaba completamente en penumbras. Se sentía fresco, extraño eso.

-Parece que ya se ve la ciudad.

Pete levantó la mirada. Frente a él, los reflejos y garabatos de la carretera por fin tomaban una forma física, gris. No eran edificios, pero bien podría ser mejor. Habían llegado a un costado de la carretera, y en los letreros verdes, se alcanzaba a leer "Fort Bliss 12 Miles". Entonces, cambió su rumbo, caminando paralelo a la carretera, buscando pasar desapercibido hasta llegar a la ciudad. Sacó de su bolsillo un papel arrugado y maltratado por el sudor y el polvo. En el, se leía una dirección, que le había proporcionado Dante un día atrás. Creía estar deshidratado, que no podía sudar más, pero sus lágrimas brotaron de manera natural, evaporándose a la mitad de sus mejillas.

-Oye Dante. -Dijo mientras titubeaba su voz.

-Dime.

-¿Recuerdas lo que pasó ayer? Cuando la policía detuvo el camión, y se escuchaban los perros ladrar, mientras que empezamos a salir por el compartimento de abajo. 

-Tranquilo Pete, no te enfoques en lo...

-Y entonces, empezamos a correr. Los oficiales soltaron al perro y corrió hacia nosotros, como si viniera por nuestras almas.

-Siempre les has tenido miedo, y no te culpo. No tienes suerte con ellos -Sonreía Dante, pero Pete continuaba el relato, ignorándole.

-Entonces te diste la vuelta y le arrojaste una piedra. La policía creyó que tenías un arma...

-¿Eso pasó?

-Claro, yo también lo olvido por momentos. Pero me hace recordar también que estoy solo.

Pete siguió caminando, ahora con el sonido de los autos en el fondo, sintiendo que los zopilotes ya no rondaban. Volteó hacia atrás, y ahí los vio nuevamente, mirándole de lejos, esperando a ver si volvía por allá. Sintió la boca seca, el dolor en las piernas, el ardor de las ámpulas, y entonces, volvió la vista al cielo, preguntándose si acaso Dante también lo protegería del Sol.







martes, 22 de agosto de 2023

La norma.

 Jesús entra a la oficina a un costado del taller. Dentro, el ambiente cambia considerablemente, lejos del aroma del aceite quemado y el calor infernal que surge del trabajo que pronto habría de corresponderle también a él. 

Su padre le dice que se siente, mientras que este se dirige a su cubículo, a continuar sus labores que apenas y le dieron respiro suficiente de pararse, siendo víctima ahora de un retraso de diez segundos. Jesús se sienta y mira sus alrededores, el garrafón de agua, la impresora que no parece tener descanso, y así también, hombres y mujeres que le saludan, mientras pasan a recoger los hojas aún calientes. 

Media hora más tarde, entra su futuro jefe, un hombre con ropas costosas, y que poco encajan con su robusto cuerpo. Jesús le saluda, pero este ni siquiera parece interesado en responder. Jesús no lo culpa por no voltear, pues su cabeza es tan grande, que podría haber perdido el equilibrio.

Finalmente, y pasada una hora, llega el director de recursos humanos, quien lo hace pasar a la entrevista. Su cubículo está lleno de papeles apilados con orden admirable, mientras que a su espalda se divisa un librero con decoraciones que solo realzan la idea de una oficina elegante. No era algo de sentido común, sino algo que Jesús percibía en las oficinas de los hombres que inspiraban respeto, aún si no sabía de ellos más que su nombre.

Jesús responde la entrevista con cierto titubeo, no por nervios, sino por lo que le depara y nunca hubiera querido en su vida. Quiso ser pintor, artesano, escritor, músico, profesor, psicólogo y antropólogo, pero entre tan extensa cartera de opciones, terminaría siendo mecánico. Ocultó lo mejor que pudo esa desilusión, a sabiendas que esto era lo que quedaba, que la paga no era mala y que no podía defraudar más a sus padres. Jesús firma el contrato, esperando entonces poder salir del ciclo de fracasos, de ideas truncadas por el quejido de los otros, del pensamiento consecuente que le hace sentir inútil por todos. A fin de cuentas, eso es lo que quieren, verle lleno de grasa, sudando y llegando ebrio por las noches a casa, esa es la norma y él debe seguirla. 

Recién termina, le llaman al patio del taller, donde se lleva a cabo la reunión diaria del personal, y ahí lo presentan con Pedro, con Juan y otros tantos cuyos nombres no recordará ese día, pero luego será...

Le reciben con una sonrisa, con los brazos abiertos, y al menos eso, es una buena señal.

Unos minutos después, se encuentra nuevamente solo, listo para irse hacia el hotel siendo apenas medio día, quizás ir a la plaza cercana y comprar algo de comer, pero apenas al salir del taller, una jauría de perros lo acecha y lo acorrala, apenas salvado por el guardia del taller, llamado por los golpes en el portón. Jesús vuelve a la sala de espera de la sala de oficinas, donde nadie parece enterarse de lo que pasa afuera. Espera entonces a su padre, quien desaprueba su falta de carácter para irse solo a casa, pero a sus compañeros le da igual, le hablan con confianza y le dan el respiro suficiente para afrontar un nuevo día.  

Y así, lo dejan en el hotel mientras ellos vuelven a su departamento. "Las ventajas de los ejecutivos" piensa, mientras pregunta por el aperitivo que ofrecían en la reservación. Le dan un vaso de leche y un pan duro, los cuales come en esa solitaria cafetería a un costado de la recepción. Afuera hace un atardecer hermoso, pero sabe que no tendrá tiempo para verlo más. Este es un adiós que se marca en su cabeza como un definitivo. Sus últimos rayos del Sol.

En la noche llama a su pareja, la cual rechista que no le hubiese llamado antes, y entre reclamos, Jesús prefiere colgar, y mantener sus sentimientos impuros lejos de ese intento de amor descorchado. Luego llama a su madre, y le cuenta que todo va bien, tergiversando su inseguridad y sus sueños ahora enterrados. 

Al llegar la noche, se recuesta, sin saber que será de mañana, pero consciente de querer dormir. A la una de la mañana, tocan a la puerta. Despabila y poco a poco se entera que es un golpe urgente y agresivo.

Al abrir, aún con los ojos dormidos, logra distinguir una cara familiar, uno de los trabajadores de la mañana, de los cuales no logra recordar su nombre. Y distraído por ese pensamiento, ignora su sonrisa, sus razones, y también por un momento, el frío del metal que se recarga puntualmente en su sien, la descarga, el frío del suelo y sus brazos extendiéndose a cada lado. Ahí se ve así mismo, yaciendo en el suelo, mientras que el aún sostiene la perilla, y escucha tan lejano al hombre de overol decir que las actividades empiezan en una hora. 

Cierra la puerta después de asentir indefinidamente, y se contempla nuevamente en el suelo, sin vida, con su índice aún rígido sobre el gatillo, como quien mira a un escorpión que se pica a sí mismo.

Entra a bañarse, el agua está helada y tiembla, su cuerpo esta frío.

jueves, 10 de agosto de 2023

Payaso.

 Del atisbo del perjurio perdí mis años

y ahora que vuelvo a casa y a estar perdido,

puedo decir que mi mayor crimen en prejuicio 

es el de un lamento siempre ignorado.


Aún imbécil para obrar de propia mano

y también para mostrar risa en un vestigio,

permanezco tan lejos para quien he conocido

como para quien nunca tuve afán de haber hablado.


Yo que he aprendido a ser payaso,

aún no sé lo que depara el circo,

y otro malabar se ha agregado.


Ruego no ser olvidado,

y poder dejar algún vestigio

pero las palabras son en vano.



martes, 8 de agosto de 2023

Luces rojas.

 Mientras la parafina se convertía en un pequeño lago sobre el recipiente plástico, Idilio miraba con desasosiego la llama que desde hacía cinco horas había encendido. En cualquier momento, se apagaría y volvería a aquello peor que las penumbras.

Afuera de su casa, el rojo parecía no tener fin. Lo que entonces fue un atardecer precioso, se había convertido en un presagio de muerte. Justo coincidió con el corte general de luz, pero no fue sino hasta media hora más tarde que fue de conocimiento público, cuando dieron las ocho de la noche y el cielo seguía en su misma tonalidad. Al mirar arriba, decenas de personas contemplaron la misma anomalía, generando en algunos curiosidad, en otros intriga, y unos más, un miedo escudriñante de sentido. Los más progresistas, alegaban que aquellas luces en el cielo no eran otra cosa sino la prueba de vida en otros planetas, pero durante horas, no hubo respuesta de aquellos pilares carmesí que se vislumbraban por encima de las nubes, irradiando sus alrededores y dejando la ciudad en un atardecer perpetuo. 

Idilio prevé que la vela está por consumirse e inmediatamente prende la segunda, una vela aromática con esencia de lavanda que usaba como mera decoración. Ante la serie de sucesos que le acontecían, no podía evitar pensar en Lucía, con quien no hablaba desde hacía dos años. En esos momentos en donde su mente sucumbía a diferentes finales trágicos, finalmente concebía algo cercano a un amor verdadero, aún si Lucía llevaba un año casada y ya tenían una niña. Idilio despierta de ese breve sueño, no es consciente si duerme o si sigue despierto, pero la luz de la segunda vela se ha extinguido y el restante de batería que le queda a su teléfono marcan las seis de la mañana. Afuera sigue rojo, la gente está agitada y la iglesia a un par de cuadras se encuentra atiborrada de presuntos peregrinos que temen sea el fin del mundo y aquellas luces proviniesen del abismo ulterior que quizás conecta ahora en la tierra. No ha habido temblores, pero Idilio teme por eso, sin pensarse creyente pero tampoco ignorante.

Decide salir a la calle y buscar el origen de aquellos pilares. Los autos no funcionan, por lo que toma su bicicleta y le ata la lámpara al manubrio. Afuera, el rojo permite la visibilidad, pero la gente es errática y no es de confiar si uno no se hace notar. Decide acercarse al más cercano de los pilares, cruzando un par de mercados en pleno saqueo y perdiendo la bicicleta en un encuentro con un auto. Sale ileso, pero sospecha algo, que aquella emisión tornándose ocre cerca del suelo, no solo no tiene origen, sino que, en caso de tenerle, se encontrase cerca de la casa de Lucía. Camina errante, siguiendo a sus ojos perdidos en el firmamento, luego sigue sus latidos y lleno de convicción, llega a aquel derruido hogar, donde el marido de Lucía jala el gatillo y mata a su hija. Idilio llega apenas para ver a Lucía siendo apuntada, y en un impulso vital se lanza contra el hombre, clavándole una bala durante el forcejeo. Mira a Lucía y le dice que todo estará bien, pero ella no se inmuta, y sin más, se acerca, agachándose frente suyo, tomando el arma, y sin dejar de mirarle a los ojos, coloca el cañón en su quijada, y la descarga, mientras que en la mirada de Idilio, solo queda el color aceitunado de los ojos de Lucía, y luego rojo. Rojo y Lucía.

Idilio sale con el arma roja entre sus manos color Lucía. Mira al cielo y por fin entiende que el Paraíso siempre estuvo dos pisos más arriba.

lunes, 7 de agosto de 2023

Viaje nocturno.

 Había pasado poco más de media hora y no parecía haber cambiado nada.

-Creo que, después de todo, estas cosas no funcionan en dosis pequeñas.

-Te lo dije, debimos haber comprado dos.

-Quizás haya sido mejor así, quizás es el mundo diciéndonos que esto no es para nosotros. Iré a dormir.

-Si, creo que haré lo mismo.

Javier cerró su puerta y entró a su polvorienta habitación, donde la alfombra levantaba polvo con cada paso caminado. Había intentado aspirarla un par de ocasiones, pero ese no era el problema. El problema era el acabado del techo, que había alcanzado su vida útil y se desplomaba continuamente. Se acostó en la cama y empezó a pensar en eso, en cuanto habría tragado a través de los años y si acaso era tóxico. Podía ser acaso que eso lo matase antes que el cigarro, y pensó que quizás, solo debía fumar más. 

En su mirada perdida en la loza, lo único otro que se cruzaba era aquel foco con deplorable instalación, colgando de los cables y de luz opaca debido al polvo. Ahora estaba apagado, pero seguía sintiéndose opaco, y por la mañana seguiría igual. Javier entonces se dio cuenta. Estaba divagando.

Intentó recostarse de lado, pero sus ojos no parecían saber estar cerrados, y entonces miraba hacia ese viejo closet que tenía apenas unas diez prendas y el resto eran maletas llenas y bolsas con cosas que algún día podrían ser útiles, como un burro de planchar, un vaso de licuadora viejo o un ropero portátil que había usado en su anterior departamento. Era un coleccionista de cosas inútiles, quizás porque ese cuarto era como su cabeza, llena de polvo y cosas inservibles. Empezó a reír, pero no una risa íntima, sino una carcajada al aire. Su corazón palpitaba fuertemente, como cuando se siente miedo, cuando se corre un par de cuadras, pero solo estaba acostado.

"Esto no es normal" pensó en voz alta.

Rápidamente salió de la cama y se dirigió al cuarto de Edgar, pero antes de siquiera poder tocar la puerta, esta se abrió desde dentro. 

-Creo que está pasando. 

-No soy solo yo, ¿cierto?

-Pero ¿Qué se supone que debamos de sentir? Me siento alterado, pero nada más.

-Quizás debamos ver fijamente algo para empezar. 

Entonces, entraron al cuarto de Edgar, y buscaron como encender una vieja lampara de lava, la cual demorando un par de minutos, parecía funcionar con normalidad.

-No parece estar funcionando. -Dijo Javier escéptico después de un rato perdido en el líquido plasmático.

-¿Qué ves?

-Lo mismo desde hace rato. Solo veo el plasma moverse mientras cambia de colores.

-Javi, la lampara no cambia de colores.

Ahí es cuando entendieron que estaba haciendo efecto. Emocionados, hicieron una pequeña celebración, al punto de empezar a saltar en la cama, mientras veían como el foco parecía también cambiar de color, pintándose el techo de colores similares al de la lampara de lava.

-¿Ahora qué?

-Oh, ¡¿recuerdas lo qué decían de aquel disco de Pink floyd?!

-¿Con la pelicula de Mago de Oz, cierto? Hay que ponerla en la sala.

Mientras Edgar colocaba el video, Javier hacía palomitas y sacaba dos cervezas del refrigerador. Al volver a la sala, Edgar lo miró preocupado.

-Quizás no deberíamos mezclarlo con alcohol.

-Es eso o agua. tu decides. Además, solo quedaban estas dos. No será mucho.

A regañadientes, aceptó la cerveza, la cual duró apenas los primeros tres minutos de la película. Habían disfrutado la sincronización con la música durante una media hora sin tener noción del tiempo, embelesados por las secuencias que encajaban con cada cambio de escena. Pero nuevamente, la sed les invadió, y no había agua en ese mundo capaz de saciarla.

-Hay que ir a abastecernos al supermercado. Total que solo queda a cuatro cuadras.

-¿Estas loco Ed? No podemos salir en estas condiciones.

-Nadie lo notará si nos enfocamos en actuar normales. 

-Llevamos cerca de media hora sonriendo como imbéciles y riéndonos de cualquier estupidez. Eso no parece una opción.

-Nadie nos conoce por aquí.

-¿Y qué tal si pasa algo? Si nos perdemos de regreso.

-Relájate amigo, estamos drogados, no pendejos. 

Pero poco o nada sabía Edgar de la diferencia. Tratando de hallar una excusa para que su compañero no saliera en su estado, Javier llegó a una conclusión ortodoxa.

-¿Acaso no has escuchado al demonio?

-¿De qué demonio hablas?

-Hablo del que lleva rondando afuera en el pasillo desde hace media hora.

-Javi, esto te ha pegado muy fuerte, eso no es...

-Guarda silencio. -Lo interrumpió. -Escucha.

Quizás víctimas de su mismo estado, empezaron a escuchar pisadas provenientes del otro lado del departamento, eran pasos extraños, como el sonido que generan las pezuñas de una cabra, un sonido impensable en el cuarto piso de un edificio de departamentos, había un tono rojizo que se filtraba por debajo de la puerta, y el resto parecía permanecer en silencio, como si el mismo ruido se amedrentara ante su presencia.

Permanecieron callados durante varios minutos, contemplando aquella puerta que nunca antes había parecido tan grande, y sin embargo, tan frágil. Desconocían porque no entraba, no había razón para no hacerlo, pero llegaron a la conclusión de que les estaba esperando, a que aceptasen su invitación al aquelarre, al fin de la inocencia. A veces se volteaban a ver el uno al otro, pero pronto, parecían escuchar otra pisada y volteaban nuevamente hacia la entrada.

-¿Cuándo crees que se vaya? -Susurró Edgar.

-Por la mañana.

-Tengo sed.

-Hay agua.

-Sed alcohólica.

-Creo que hay vodka en la alacena.

-De acuerdo, tu vigila la puerta. Yo iré por el vodka.

Javier intentó rechistar, pero más era su temor hacia lo desconocido, y miró fijamente la cerradura, el espacio entre la madera y el suelo, el blanco ocre de la pintura que hacía mucho debía de retocarse, analizó sus manchas, el óxido de la perilla, pero principalmente, la sombra que parecía dar vuelta en círculos alrededor de la puerta. Escuchó como alguien intentaba forcejar la perilla y fue ahí que comprendió que nada lo prepararía por si esa criatura lograba entrar a la casa. El susto le hizo caer de espaldas, sin saber que atrás estaría Edgar con la botella, dejándole caer por la reacción en cadena. Ambos miraron en cámara lenta como rebotaba en la alfombra, sin llegar a quebrarse, pero vaciándose casi en su totalidad. Salir se había vuelto su única opción. 

Caminaron dubitativos hacia la puerta y sus estruendos guturales, hasta finalmente colocarse al pie de esta. Extrañamente, el ruido cesó.

-Sigo pensando que no es una buena idea.

-Ya terminó Javi. Estaremos bien. -Y así, Edgar abrió la puerta para encontrarse con el rojo del suelo, de las paredes, de la arcilla y el azulejo que día con día solían ignorar pero que siempre estuvo ahí. Pudiese entonces ser solo cuestión de paranoia el color que se filtraba bajo la puerta, aunque eso no explicase los ruidos.

Bajaron las escaleras con cautela, y cuando se hallaron fuera del edificio, sintieron una paz que dio un  respiro a sus tensionados hombros. Por fin veían algo más que el rojo, las luces de la calle, la suciedad del pavimento y el pasto que lucía más tonalidades de verde que las del día. Afuera había vida, insectos, gatos callejeros y alguno que otro perro que ladraba desde su casa. Edgar caminaba fascinado por los corredores, como si fuese su primera vez, no en la calle, sino fuera, viendo lo que sentía se había perdido toda su vida. Ante él apareció un niño con un aire extrañamente familiar. Llevaba un par de anteojos similares a los que solía usar, que ocultaba unos ojos pequeños y miopes. Jugaba en uno de los parques al centro de los corredores de los condominios, con un par de juguetes caros que recién le habían comprado. Se encontraba solo, a pesar de casi llegar la madrugada, y guiado más por curiosidad que por preocupación, Edgar se acercó hacia él.

-¿Qué juegas?

-Son mis nuevos dinosaurio-bots.

Edgar pensó en corregirle, pero sabía que él también los había llamado así anteriormente, por lo que simplemente se rio un poco.

-¿No están tus amigos cerca?

-No, ellos ya se metieron a sus casas.

-¿Y a ti no te han llamado?

-Creo que no. Nadie ha venido.

-Si gustas puedo acompañarte a tu casa. ¿Recuerdas por dónde vives?

-Sí. Es cruzando la calle.

Edgar no veía por ningún lado a Javier, pero decidió que lo vería en la tienda después de acompañar al chico. Le tomó de la mano, y ocasionalmente lo volteaba a ver, intrigado por sus rasgos, que le recordaban a cuando él era niño. Lo que le impedía atribuírselo a una alucinación, es que el tenía una cicatriz a la altura del codo izquierdo, donde había tenido una operación desde antes de tener memoria.

Siguió las indicaciones del niño al pie de la letra, y de repente empezó a sentir que se encontraba en un lugar completamente distinto, donde terminaban los edificios rojizos para tornarse azules, y donde las casas tenían un estilo más antiguo. Al otro lado de la calle, había una pareja peleando en la vía pública. 

-Ellos son mis papás. -Gritó el niño, y sin pensarlo, forcejeó hasta liberar su mano y correr hacia su casa. Justo en ese momento, un auto pasaba a una velocidad considerable, y al percatarse, Edgar corrió desesperado tras de él, intentando empujar al niño, pero un esfuerzo fútil. Una fuerza le había detenido desde atrás y el niño voló un par de metros frente a sus ojos, desplomándose inconsciente sobre el pavimento mojado, y con el hueso de su brazo izquierdo atravesándole a la altura del codo. 

Edgar empezó a lagrimear, mientras veía como los padres del niño apenas y veían lo recién sucedido, más embebidos en sus afanes iracundos que en su propio hijo. La ira invadió a Edgar, quien se volteó y arremetió contra aquel que le había detenido en primer lugar. Javier cayó al suelo, recibiendo un par de golpes al rostro antes de poder parar a Edgar.

-¡Soy yo Ed! ¡Soy yo! -Gritaba Javier, hasta que Edgar dejó de luchar y simplemente se puso a llorar. -Estuviste a punto de saltar hacia ese coche. Te dije que había un demonio fuera.

-Tonterías... -Balbuceaba Edgar, y cuando por fin le soltaron, se llevó la mano al codo, reviviendo un dolor que no recordaba haber vivido hasta ahora. Y cada vez dolía más arriba, en su centro.